fbpx

El señor de los árboles

En estos días calurosos en los que busco la sombra bajo un árbol mientras camino por la ciudad, no hago sino preguntarme por el genio que se le ocurrió sembrar la ciudad, quien habrá sido aquella persona, quien desinteresadamente y con mucha paciencia, decidió plantar un par de árboles para que futuras generaciones los disfruten.

Esto viene al tema, porque llevó un par de meses investigando y leyendo sobre eso, los árboles   -nativos- de Antioquia, para traer a ustedes un par de historias de estos gigantes que llenen el corazón y los inspiren a sembrar uno para futuras generaciones.

Pero he llegado a la conclusión que tras una pantalla no voy a lograr inspirar a nadie, debo salir a recorrer la ciudad, sentarme a disfrutar la sombra y a preguntarme sobre la historia que trae cada rama escrita bajo sus hojas, porque la historia no la tallan los árboles, sino las personas que se atrevieron a marcar el paisaje dejando vida a su paso.

El columnista de El Colombiano, Juan José Hoyos, si tuvo la oportunidad de hacer este recorrido, y en su camino encontró al personaje que inspira esta crónica, publicado el 2 de enero del 2006 en El Colombiano.

El señor de los árboles

Por
Juan José Hoyos

Antes de ponerse el saco y la corbata para irse a trabajar, el señor de los árboles se levanta casi todos los días con el sol y camina por las calles de mi barrio con los ojos puestos en el cielo, mirando uno a uno los árboles que ha sembrado durante muchos años. Mientras camina, habla con sus hijos; los toca; los acaricia; les arranca líquenes y hongos; los limpia de plantas parásitas dañinas que ha traído el viento. Si es verano, les echa agua. Cada cierto tiempo, les quita las hierbas y la maleza que los asfixian y les echa los abonos que compra con plata de su propio bolsillo.
El señor de los árboles es alto, grueso y de ojos azules. Y aunque hace tiempos es un hombre de ciudad, sus manos tienen la misma apariencia de las de un hombre del campo. Nació en la vereda Santa Isabel, situada en Andes, en el suroeste de Antioquia. Su familia fue propietaria de miles de hectáreas de bosques. Antes de que él naciera, su abuelo compró muchas tierras en los límites de Antioquia y Chocó para librarlas de la mano criminal del hombre y cuidar las cuencas de algunos ríos que todavía hoy surten de agua a miles de campesinos que habitan los valles de los ríos San Juan y Tapartó.
Trabajó durante años en empresas del Estado que fueron creadas para velar por la protección de las cuencas de los ríos y la conservación de los árboles. Pero no aguantó más cuando empezó a ver de cerca tanta politiquería, tanta corrupción y tantos abusos contra la Madre Tierra cometidos por esos funcionarios cuyo deber era hacer todo lo contrario de lo que hacían. Desilusionado, decidió conseguir un puesto de profesor en una universidad de Medellín. Sin embargo, jamás renunció al legado de su abuelo. Y en los últimos cuarenta años, trabajando solo, como un lobo de las estepas, o a veces con la ayuda de algunos estudiantes de Calasanz, pobló de árboles las cuencas de las quebradas y las calles de varios barrios del occidente de Medellín, entre ellas -muchas gracias, Don Nicanor, en nombre de todos – las calles de mi barrio. Por eso hoy esas calles están llenas de acacias amarillas y rojas, guayacanes rosados y amarillos, tulipanes africanos, mangos y gualandayes, flores de reina, cerezos del gobernador, confites, nísperos, acacias forrajeras, jazmines de la India.
Cada uno de esos árboles tiene una historia. Los muertos y los vivos. Entre los muertos, está “el árbol de mamá”, una flor de reina que él sembró en memoria de su madre y que unos vecinos mandaron cortar. Está el árbol que cortó una empresa de vallas publicitarias para montar en su lugar un aviso invitando a votar por la senadora Piedad Córdoba. También están los árboles que mandó secar a punta de aceite lubricante el dueño de unos buses que se quejaba de que las ramas de los árboles estaban rayando las carrocerías de sus carros.
Entre los vivos, están los árboles que él siembra cuando muere un amigo. “Cada árbol tiene una historia” dice, mientras camina, llevando una carretilla con un árbol que piensa sembrar antes de que el sol esté muy alto. “Por ejemplo, este árbol. Aquí vivía un señor al que lo secuestraron y lo mataron. Yo lo sembré en su honor”.
El señor de los árboles vive en una casa con un solar donde uno se siente como en una selva del trópico. El solar está lleno de árboles y helechos y bandejas de comida para los pájaros, que llegan a montones. En la mitad del solar hay un letrero que dice: “Prohibido cazar”.
El señor de los árboles no dice su nombre. Dice que es un ciudadano más de nuestra ciudad que sólo está haciendo lo que debería hacer el Estado, lo que debemos hacer todos: cuidar la vida, cuidar la Madre Tierra, cuidar el aire que respiramos, cuidar los árboles.
A veces, el señor de los árboles se pone de mal genio. Sucede cuando llegan los trabajadores del Municipio de Medellín armados de motosierras y empiezan a cortar los mismos árboles que él ha sembrado con paciencia durante décadas. Ellos dicen que lo hacen para que no dañen las líneas telefónicas y eléctricas. Él les dice que hoy ya existen cables eléctricos ecológicos que pueden convivir sin problemas con los árboles. Pero ellos no le hacen caso, piensan que está loco, y siguen con su tarea de muerte. Detrás de ellos va un camión con una trituradora que convierte en aserrín, en un abrir y cerrar de ojos, cada rama, cada trozo de árbol que ellos cortan. De vez en cuando, el señor de los árboles también pelea con los trabajadores del Municipio que vienen a podar los árboles. “Ellos no los podan, los mutilan” dice. Cuando ve que llegan al barrio contratistas de las Empresas Públicas, él gasta varias horas de su día vigilando las cuadrillas de obreros que rompen las calles y las aceras para que no vayan a tocar las raíces de sus hijos porque ya han matado a varios.
La semana pasada me levanté a recorrer con él las calles de mi barrio y a sembrar unos cuantos chumbimbos, unas acacias amarillas, un tulipán africano? Entonces me di cuenta de que el señor de los árboles es un hombre terco. “Vea” me dijo, mostrándome un hueco. “Aquí he sembrado más de cinco y todos se los han robado. Pero hoy voy a sembrar otro”. Le dije que yo quería sembrarlo. Era un chumbimbo. Cuando acabamos, los dos estábamos sudando porque en el cielo el sol ya estaba muy alto. “Ya tiene su árbol en el barrio” me dijo él, con una sonrisa, viéndome echarle agua con una regadera. “Espero que tenga muchos más”. Sus palabras me quedaron resonando. Desde ese día, lo confieso sin pena, cada que paso junto a él, le hablo y le toco las hojas. Si no hay gente cerca, a veces hasta me orino en sus raíces para que crezca rápido, antes de que se lo roben.
Colombia es un país de contrastes. De un lado, por ejemplo, tiene parlamentarios que son capaces de aprobar con trampas, a pupitrazo limpio y sin el menor asomo de vergüenza, una ley que permitirá a las compañías madereras convertir en aserrín millones de árboles de nuestros bosques, despojando “legalmente” de sus tierras a miles de negros y de indios que los habitan desde hace siglos; una Ley Forestal que debería más bien llamarse La Ley de las Motosierras.
Pero del otro lado, gracias a Dios, Colombia también tiene gente que no sólo piensa en el dinero y que ama la vida y lucha por ella cada día como el señor de los árboles.

Deja una respuesta

Enviar
¿Cómo te podemos asesorar?
Hola, ¿Cómo te puedo asesorar?